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Tuba


Cuando Don Joaquín y Pepe Sanz visitaron Tuba, hubo como un flechazo. Se dijeron enseguida que aquello prometía para la misión Salesiana. Tuba es una aldea perdida en medio de la savana, donde llegas por una de estas razones: porque te has perdido, o porque estás decidido a llegar allí. Digamos que está fuera de toda ruta de comunicación. Hace 25 años, estaba todavía más lejos. Sí, porque las distancias se miden en función de la facilidad de ser recorridas. 45 Km de entonces eran dos horas. Hoy supone una hora solamente, con la pista bien arreglada. EN al época de lluvias Tuba estaba y está más lejos, sobre todo después de una tormenta tropical.

Y si no, que se lo pregunten a Don José Antonio Rico, quien tuvo que alterar su programa a causa de una tormenta del mes de Agosto, después de “gustar” de las salpicaduras del fango del camino. Pero esa es otra historia.

Tuba sedujo entonces por la pobreza radical. Sedujo por la enorme presencia de niños y jóvenes. Porque suponía un estilo de vida en el que el aburguesamiento y la comodidad no tenían lugar. Vivir en Tuba suponía un esfuerzo continuo por adaptarse, por ponerse al nivel de la gente más pobre, por crear e imaginar cada día caminos de acercamiento.


Trabajar en Tuba suponía estar en movimiento perpetuo



Durante la estancia del Inspector y el Vicario, tiene lugar un encuentro de misioneros españoles en Tuba. Entonces los españoles eran muy numerosos en Burkina, entonces Alto Volta, y en Malí. Cada año se reunían para intercambiar experiencias, para compartir rezos y algún que otro chorizo, que nunca faltaba en esas ocasiones. Alli conocen a Georges Keita, que luego resultó ser el tío de Grégoire, el primer sacerdote Salesiano maliense.

Durante aquella fiesta, Don Joaquín y Don José Sanz empiezan a pensar que aquello estaba bien para empezar la misión salesiana.

Una aldea perdida, parroquia rural, centro de animación de unos cincuenta poblados repartidos en 2500 km, en medio del pueblo Bobo, Bo, o Bwa, que había sido más favorable al cristianismo que al Islam. Fuente de vocaciones, y gente abierta, acogedora, pobre…. Y algo testadura e independiente, como luego se pudo comprobar. Nadie es perfecto.

Trabajar en Tuba suponía estar en movimiento perpetuo, como había bien intuido Heráclito hace dos mil y pico años. Porque todo está en todas partes, y para conocer la parroquia hay que viajar, tragar polvo, quemar gasolina de mezcal al 2%, saber reparar un pinchazo, tener sentido de la orientación, y, sobre todo, estar dispuesto a aprender, a escuchar, a hacerte un niño al que hay que explicar todo. Porque era eso y mucho más.



Rodar por los caminos levantando nubes de polvo en la estación seca, y sorteando los lugares más embarrados en la época de lluvias.

Dominar el arte del patinaje en furgoneta con mil litros de carburante detrás, sortear las imprudentes gallinas que se cruzan siempre cuando no deben, ser capaz de adivinar al ciclista camuflado de color oscuro y de noche, que pedalea inconsciente ante tu camioneta… prever la vaca intrépida que cruzará el camino cuando uno vaya más inspirado. Y sobre todo, grandes dosis de humildad y paciencia. Porque aquel mundo es muy distinto, y no lo puedes reducir a tus categorías. Porque, cuando no entiendes gramáticas foráneas, hay un lenguaje universal que todo el mundo entiende. El de la cercanía, la escucha, la paciencia, y el amor. Sí entonces los misioneros tuvieron mucho qué aprender.

La llegada de la segunda expedición tuvo lugar un mes después de la primera. El 25 de Noviembre de 1981, a las 17’15 hora local, el Fokker-28 de Air Ivoire aterrizaba en la pista caliente y oscura del aeropuerto de Bamako.

Allí estaban los tres de la primera expedición, con ciertos aires de veteranía, pues conocían mucho más del Malí que los tres pipiolos que acababan de llegar con Don Joaquín Cardenal. Además, había varios padres Blancos, entre ellos Jesús Martínez Presa, quien fue desde el primer momento el hermano mayor que guía, acompaña, ayuda, aconseja a los jovenzuelos que acababan de llegar. Aquellos jovenzuelos eran Ramón Moya, entonces director de la comunidad. Javier Bereau y Miguel Gambín, quien había sido ordenado aquel mismo año. El más viejo tenía 33 años. No estaba mal para empezar.

Después de todas las visitas protocolarias imaginables, y de un viaje interminable, los tres , con Don Joaquín, llegaron cubiertos de polvo y pasablemente mareados a Mandiakuy, parroquia cercana a Tuba unos 22 kilómetros. Allí descansarían unos días hasta el día 2 de Diciembre, fecha en que estaba prevista la recepción oficial de la parroquia de Tuba. Allí, en Mandiakuy aprendieron una de sus primeras lecciones: que en África hay protocolos que se han de respetar, y que hay un tiempo para cada cosa. Que no era bueno llegar a Tuba enseguida, porque no era el momento. Había que esperar, aprender, escuchar, abrir los oídos y los ojos. Todo estaba por aprender.

El 2 de Diciembre, acompañados de Jesús Martínez y varios Padres Blancos más, experimentaron el recibimiento más cariñoso, espontáneo, popular de sus vidas. Nunca nadie le había preparado para aquello: centenares de personas que los saludaban y les sonreían como llegados del cielo. Desde aquel día comprendieron que en África hay tesoros escondidos de los que nadie les había hablado. Que en un país tan distinto y tan distante, a pesar de las diferencias de mentalidad y cultura, se podían sentir hermanos. Era la más bella lección que habían recibido en sus vidas.
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