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Javier Bereau
MOTIVOS PARA IR A MALI
En realidad, no es que tuviese motivos especiales para pedir ir a África o al Mali más concretamente. Ya en el noviciado,
en el año 1966-1967, había pedido ir a las misiones. En aquellos años se solía ir a América Central. En aquella ocasión fueron
elegidos otros tres hermanos. Algunos años más tarde, en 1981, cuando comenzó todo esto del llamado “Proyecto África”, volví a pedir,
y esta vez tuve la suerte de poder venir.
Hubo en este sentido una llamamiento del Papa a las congregaciones religiosas. Nuestro Rector Mayor se hizo eco de esta llamada y
hubo muchas inspectorías y hermanos que respondieron positivamente a esta invitación.
Uno era entonces un joven salesiano, lleno de vitalidad, de esperanza y de mucha ilusión. Esta llamada de la Iglesia y de la
Congregación reavivó la antigua llama misionera y no fue difícil dar el paso. Los Superiores que vinieron a conocer el “terreno”
nos entusiasmaron a su regreso hablándonos de la gran misión que aquí se podía realizar. Y así es como llegué junto con otros dos
hermanos y el Padre Inspector que nos acompañó, a Touba, dispuestos a hacer un montón de cosas por aquella parcela de la viña del
Señor que tantas necesidades tenía.
La primera impresión que tuve al llegar fue que es una tierra llena de colorido y de vida, de juventud y de niños. La capital,
Bamako, era un hervidero de personas y vehículos que se movían en todas las direcciones. Es también una tierra de contrastes
por lo que se refiere al hábitat, a la cultura, al reparto de la riqueza, al género de vida, etc., sobre todo comparando las
ciudades con los ambientes rurales – Bamako y Touba – y entre los diversos barrios o zonas de la misma ciudad. Aunque creo que,
por lo menos en un principio, todos estábamos de acuerdo en que las diferencias no eran tan llamativas como en otros países.
Puedo decir que la acogida en Mali fue muy calurosa, y no hablo de la temperatura que marca el termómetro que tampoco faltaba.
La acogida fue excelente comenzando por Bamako, la capital del país, y continuando por todas las misiones por
las que pasamos a lo largo de los 540 kilómetros que nos separaban de Touba, nuestro destino.
La acogida fue excelente comenzando por Bamako
Y finalmente, nuestra llegada a Touba fue apoteósica. No ahorraron medios, dentro de su pobreza, para dispensarnos las más
calurosa y fraternal acogida. No faltó el agua para beber a la llegada al pruebo. Hubo cantos, bailes, discursos de bienvenida,
regalos y una gran comida compartida por todos – católicos, protestantes y animistas – a la sombra de los árboles del patio de
la Misión.
Como parte de esta acogida, tengo que señalar también el esfuerzo de todos – los misioneros Padres Blancos, los alumnos de la
escuela, maestros, mujeres, hombres, jóvenes y adultos – para darnos ánimos en los primeros momentos, un poco difíciles, y
ayudarnos con mucha paciencia en el aprendizaje de la lengua francesa y la lengua local, así como de las costumbres.
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CAMBIOS CONSTATADOS
Son muchos los cambios que todo el mundo ha podido constatar a lo largo de estos años vividos en Mali. Hay cambios negativos.
Sólo cito uno como ejemplo. Y se trata del avance de la desertización. Creo que este fenómeno es bastante evidente. Ciertamente
se hace esfuerzo por frenar este fenómeno, pero el esfuerzo no parece que sea lo suficientemente eficaz y queda de momento
bastante difuminado.
Pero hay muchos cambios positivos:
1. El primer cambio ha sido el realizado en mi propia persona. Cuando llegamos allí, llegamos llenos de celo apostólico y con
muchas ganas de ayudar y de actuar para intentar hacer salir “a aquella pobre gente de la miseria”. Luego me di cuenta de que el
Salvador es Cristo y que nosotros no íbamos a salvar a nadie, sino a trabajar codo con codo para salvarnos todos. Había que aceptar
que en el nuevo ambiente, tan diferente, era un niño que tenía que aprender muchísimas cosas y que tenía que aceptar una mentalidad
tan distinta y unos ritmos que se parecían muy poco a la superactividad desenfrenada de nuestro mundo europeo. Y el
que no lo aceptaba lo pasaba mal y a veces terminaba por dejar aquello y volverse a la cultura occidental.
2. Otro cambio positivo ha sido el cambio de color del mapa de los agentes pastorales. Los primeros años, cuando participábamos
en reuniones, encuentros, programaciones, sesiones de formación, etc. Los occidentales éramos la gran mayoría. Luego esto fue
cambiando. Y al final, en muchos de estos encuentros y reuniones, resulta que era el único que no era africano. El Señor ha
suscitado muchas vocaciones. Actualmente en nuestra Vice-Inspectoría AFO, los salesianos africanos son el 56,15%, mientras que
los misioneros somos el 43,85%. Si alguno no acepta este regalo del Señor a la Iglesia y a la Congregación en África, y no quiere
o no puede adaptarse a esta realidad y no renuncia a imponer su ideosincrasia, puede terminar pensando que con estos hermanos no
se puede trabajar y volviéndose al lugar de donde salió con tanta generosidad y entusiasmo.
3. Ha mejorado muchos el aspecto de la escolarización. Cuando llegamos a Tuba, a lo largo y ancho de la Parroquia – unos 2.500 Km²
– no había nada más que cinco escuelas. Actualmente son bastante más numerosas. Aunque el ritmo sea más lento y “menos eficaz” hay
un progreso adaptado a aquellas circunstancias culturales.
4. Las comunicaciones han mejorado en todos los sentidos: trasporte terrestre y aéreo, prensa, radio, TV,…
Se podría hablar de mejoras sociales, políticas, económicas, etc., pero el espacio tampoco da para más. Pienso que estos pocos
detalles nos dan ya una base de optimismo, de esperanza y de entusiasmo para continuar trabajando codo con codo con todos estos
hermanos de esta vasta parcela de la viña del Señor.
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