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Ramón Moya
“ ¡ S I L O S É . . . ! ”

EL PASADO DE UN PROYECTO QUE AÚN ES FUTURO A REALIZAR

No he escrito la segunda parte del dicho porque, en mi caso, no es cierto. Bueno, lo es a medias. Me explico…

Recién llegado a Touba, me sentía como el que ha caído en paracaídas y no tiene ni idea del lugar en donde está. Sí, era Touba, diócesis de San, Malí. Pero tuve que mirar en un atlas para conocer la situación geográfica de este país del que nunca había oído hablar y, desde luego, Touba no aparecía.

El comienzo fue más que turbulento. Llegados a Abidján, como no teníamos visado, los policías nos retuvieron los pasaportes, gritando furiosos. Resultado: Una noche toledana en un rincón del aeropuerto, durmiendo en el suelo, sin comer ni beber.

Al día siguiente llegamos a Bamako. La impresión fue nefasta: Basura por doquier, ciegos y leprosos mendigando delante de las tiendas, una ciudad en la que todo lo que se parecía a “ciudad” era pura coincidencia. Yo pensaba: “¿Si la capital es así, qué serán los pueblos?”

Después de un viaje accidentado, Touba nos ofreció una fiesta de acogida preciosa. Pero la fiesta se acabó y, por la noche, se me encogía hasta el alma: “Madre mía, ¿en dónde estoy?”

Al principio, todo eran problemas. Si me hablaban en francés, mi francés de la escuela no servía de mucho y no entendía nada. Pero si lo hacían en Boré, era desesperante. No es un insulto decir que esta lengua es diabólica, porque lo es. Un P. Blanco nos daba clase en francés para aprender el Boré. Imaginad el lío.


En mi oración no pedía ni salud, ni éxitos, sólo que Dios me ayudara a comprender el corazón de mis hermanos



Como yo era el responsable de la comunidad, un misionero me dijo: “Preocúpate de conseguir todo lo necesario y no esperes que estemos encima de ti. Espabílate”.

Yo le pregunté dónde estaban las tiendas del pueblo. Se echó a reír, él y los que estaban presentes. Sólo decían entre dientes “¡tiendas!”, y seguían riendo a mandíbula batiente. ¡Cómo se me iba a ocurrir que no había ninguna y que las compras se hacían en un mercado a 11 Km. de Touba y sólo los martes!

Había que empezar a visitar las comunidades, dispersas en 2.400 kilómetros cuadrados. En el mapa, los caminos estaban claros. Pero, por si acaso, yo solía preguntar si había alguna desviación. Siempre la misma respuesta: “No hay ninguna, todo recto”.




Luego, salían decenas de caminos a derecha y a izquierda. Y vaya usted a preguntar cuál es el bueno... ¿En qué lengua? Además, es raro encontrar a alguien por estos andurriales. Cuántas veces necesité horas para hacer unos pocos kilómetros, porque me perdía continuamente. Y eso sin hablar de las caídas de la moto, porque yo, de Ángel Nieto, no tengo nada.

Muchas mañanas, al despertarme (no os riáis de mí, por favor), me revisaba todo el cuerpo, a ver si algo me dolía lo bastante para justificar mi regreso a España, sin perder el honor. Y repetía mil veces la frase del título, pero entera: “¡Si lo sé, no vengo!”

Fue duro, pero no a causa de las dificultades materiales. A los 33 años, yo me comía el mundo, aunque -claro está- no me lo comí. Fue duro por razones más serias: Incomunicación, miedo a equivocarme en una cultura tan distinta y desconocida, impresión de inutilidad,…

En esas circunstancias, en las que me sentía como un cero a la izquierda, sufriendo aparentemente por nada, se hizo violenta la tentación de mirar atrás. ¿Por qué no volver a España y ser útil de verdad?

Fue por entonces cuando mi padre murió. El recuerdo de lo que me dijo, cuando le comuniqué que había pedido ir a África, vino con fuerza a mi espíritu: “No sé por qué te vas tan lejos para hacer lo que ya estás haciendo aquí. Pero si crees que es así como serás más hombre, aunque yo no esté de acuerdo, te tienes que ir”. Sí, más hombre y más salesiano, porque Don Bosco había guiado mis pasos hasta Malí. ¡Me tenía que quedar!

Cuando uno estudia la teología de la vida religiosa, conformar la vida al misterio de la cruz del Señor es algo evidente. Pero cuando la cruz se concretiza, cuando hay que dar la vida “aquí, ahora y así”, para que nuestros hermanos vivan, las dudas nos asaltan y sólo Cristo puede ayudarnos a aceptarlo. ¡Y él me ayudó!

En mi oración no pedía ni salud, ni éxitos, sólo que Dios me ayudara a comprender el corazón de mis hermanos Bwa, para quererles y serles útil.

Ser “útil” es un buen sentimiento, pero en mí estaba cargado del matiz de superioridad que nos caracteriza con frecuencia a los europeos. Venía a dar y quería dar “bien” y “mucho”. Ni siquiera se me ocurría que podía recibir… El Señor me purificó de ese complejo, no sin dolor por mi parte.

 
Experiencia de un camino

Poco a poco, empecé a hablar en francés y a comprender el Boré. ¡Ya está! El camino se abría delante de mí. Por fin, podía ser útil. ¡Qué iluso! Demasiado bonito para ser verdad.

Mi conocimiento del Boré era superficial, y seguía sin entender la mentalidad de la gente. Mis proyectos se venían abajo. Acumulé muchos errores y empecé a desesperarme, quizá más que al principio. De nuevo me amenazaba la tentación de dar marcha atrás… Pero el diálogo con un joven, hoy sacerdote, me hizo cambiar.

Joven: ¿Qué te pasa? ¿Algo va mal?
Un servidor: ¿Algo? Todo va mal, no doy una. ¿Es que no ves mis errores?
Joven: Sí, he visto algunos.
Un servidor: Y seguro que cometeré muchos más.
Joven: Probablemente...
Un servidor: Además hablo mal en Boré y lo hablaré siempre mal.
Joven: También eso es verdad.
Un servidor: No comprendo las costumbres, nunca estoy seguro de hacer lo que debo.
Joven: Ya sé… Y puede que continúes siempre así.
Un servidor: Mis proyectos fallan, no he hecho nada por vosotros.
Joven: Bueno, no has construido ninguna misión, ninguna escuela, ningún dispensario…
Un servidor: ¿Tú ves? Está claro que mi presencia aquí es inútil.

Entonces me lanzó un reto inolvidable. Con una sonrisa pícara, cargada de afecto, me contestó:

Joven: Vamos a ver. ¿A qué has venido? ¿A darnos lecciones, a construir edificios o a vivir con nosotros? Si es para vivir con nosotros, siempre tendrás un sitio a nuestro lado.



Me había equivocado. Yo no estaba llamado a ser “bienhechor”, sino hermano y compañero de camino. Mi vida misionera tomaba otra orientación. Debía imitar, como Don Bosco, a Cristo en medio de los discípulos de Emaús. Y empecé a caminar…

Fue una alegría descubrir la cultura extraordinaria de quienes me habían acogido: Espíritu de trabajo y de servicio, pasión por la verdad, armonía entre los hombres y de los hombres con la naturaleza, solidaridad, capacidad de encajar las dificultades y el sufrimiento, sonrisa cordial contra viento y marea,…

Me sentía querido y comprendido (no siempre ni por todos, pero eso no importa). Poco a poco mi vida se iba enriqueciendo, gracias a los valores de quienes serían ya para siempre MI pueblo. Hasta recibí un apellido (Diarra), signo de “adopción” y un nombre (Moutian, el que dice la verdad), verdadero proyecto de vida.

En España, me dicen a veces: “Estás raro, no piensas como antes, has cambiado”. No respondo, pero doy gracias a Dios. Yo venía a “ser útil”, a “hacer cosas” y los Bwa me han cambiado, me han enriquecido, me han ayudado a ver la vida desde otra perspectiva. ¿Qué algo habré hecho por ellos? Sí, hemos hecho juntos muchas cosas.

Más arriba decía que Don Bosco me había guiado hasta aquí. Debería haber dicho que él nos precedió en Malí. El Evangelio llegó a este país africano en 1888, año de la muerte de Don Bosco, y el primer obispo de Kayes fue Monseñor Étienne Courtois, cuyo padre, Juan, había sido paralítico de niño, hasta que Don Bosco lo bendijo en la estación de Cannes y salió corriendo detrás del tren. ¿Simples coincidencias? Puede, pero coincidencias felices.

Al preparar la primera fiesta de Don Bosco en Touba, proyectamos diapositivas de su vida. Un comentario de la gente se repetía: “Don Bosco era como nosotros”. Representantes de más de 30 pueblos de la parroquia vinieron a festejar a “su” santo. Por aquellas fechas, un joven me dijo: “Siento que vuestra vida, es lo que yo siempre he soñado para mí. ¿Quiere decir eso que debo ser salesiano?” Y lo fue. Es el primer salesiano sacerdote de Malí.

No puedo extenderme, aunque hay muchos recuerdos agradables y luchas (que las dificultades no fueron sólo al comienzo) que me gustaría contaros. Sólo añado una conclusión. Hace 25 años, si hubiera sabido lo que iba a pasar, no hubiera venido. Ahora que lo he pasado, no me arrepiento de haber venido y lo repetiría mil veces. Ha sido una “aventura” salesiana apasionante, en la que he tenido la suerte de vivir, como en un formidable mosaico, las diversas dimensiones de nuestra vocación.

Y, con permiso del Sr. Inspector, me atrevo a preguntaros: ¿Alguno de vosotros no querría venir? Seguro que no se iba a arrepentir.

Ramón
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